TESTIGO DEL TIEMPO
Cuando a tío Francisco le
tocaba el ador, es decir le tocaba el turno para hacer uso del agua de riego
para sus campos, tenía que dejar todo y pasarse el día, y a veces toda la
noche, esperando que le llegara el agua para poder regar la huerta.
El Ador es
una organización colectiva que regula el uso del agua.
La palabra
“ador”, según el Diccionario de la RAE, “viene del árabe “ad-dawr”,
que quiere decir el turno, la vuelta, el período. Es el tiempo señalado a cada
uno para regar, en las comarcas o términos donde se reparte el agua con
intervención de la autoridad pública o de la junta que gobierna la comunidad
regante. También significaba una cierta contribución que pagaban los moros y
judíos en los reinos cristianos. Era una contribución para el aprovechamiento
del agua.
Había
además una “alfarda” media, un canon incompleto o reducido que pagaban
algunas tierras en compensación de no recibir todas las ventajas del riego”.
Alfarda,
palabra árabe “al-farda” que significa la obligación, la contribución”. Alfardilla:
“cantidad corta que se paga, además de la alfarda, por la limpieza de las
acequias menores, hijuelas de las principales”. “Nuestros brazales de
interconexión y extensión de las acequias para el riego”.
Como las tres huertas que
tenían entonces los abuelos estaban ubicadas en zonas regadas por tres acequias
diferentes, (Ojo de la Marina, Ojo de Sambatán, y la acequia de Los Terreros),
el agua le llegaba cuando le tocaba el turno, y muchas veces en el momento más
inoportuno.
Por eso el abuelo decía que
las huertas, los campos de regadío, “eran muy esclavos”. Es decir, que
esclavizaban mucho en su mantenimiento. Había que estar siempre pendiente de la
huerta.
El secano, o tierras de
monte, era otra cosa. El trabajo era más simple. En definitiva consistía en
labrar la tierra, sembrar el grano, y recoger la cosecha. Daba más libertad.
Pero se estaba más pendiente de la lluvia. La viña y los olivos también
requerían algo más de dedicación y de cuidados, pero nunca tanto como la
huerta.
La huerta, cuyas cosechas
estaban aseguradas por el aporte de agua a través de las acequias nacidas en el
río Martín en Albalate del Arzobispo, requería más trabajo. Trabajo que era
compensado con beneficios más constantes, con mayor regularidad, y aseguraban
la subsistencia del día a día.
Para el pequeño labrador
tener unos campos para el cereal, algo de viña, y unos cuantos olivos, y además
tener un par de huertas, constituía una seguridad en su familia.
El Pregonero, por orden de
la autoridad, “cantaba” el orden del ador, y todos se sometían a él. Al igual
que comunicaba el pago de la alfarda y demás contribuciones. Todo el mundo
sabía a qué atenerse.
En ocasiones la alfarda
consistía en trabajos por grupos para limpiar las acequias. Todos quedaban
obligados a colaborar. El que tenía dinero y no quería, o no podía hacerlo,
pagaba a un jornalero para que lo hiciera en su lugar. El arreglo de los
caminos se hacía con similar organización. Casi siempre se procuraba que cada
uno trabajase en zonas más próximas a sus campos. El interés por hacerlo bien
quedaba de esta forma asegurado.
Las acequias limpias permitían
un mejor uso y ahorro de agua. Los caminos arreglados proporcionaban mayor
comodidad en el acceso a los campos y mejor aprovechamiento de la jornada
laboral.
Un buen sistema de riegos y
una eficaz alfarda marcaban el índice de cooperación y de superación constante
del pueblo.
Lo mismo ocurre cuando se
ve en un pueblo el buen cuidado de la iglesia y el buen cuidado del cementerio.
Es un indicador de la sensibilidad de sus gentes.
La buena gestión del
Ayuntamiento se ve reflejada en la organización para las tareas comunales.
Todos contribuían, con
dinero o con peonadas.
Mi abuelo pagaba siempre
con peonadas, con su trabajo, lo mismo que la mayoría de la gente pobre. Al
cuidado de la huerta se le añadía el cuidado de las acequias.
Conocían muy bien el valor
del agua. Por eso la aprovechaban hasta la última gota. Desarrollaron todas las
obras que fueron necesarias para ello.
Nuestros mayores se sentían
“hijos de la madre tierra”. El río Martín era el padre que la fecundaba.
Tener una huerta, era tener
asegurado un primer plato que comer. Además la huerta daba la posibilidad de
criar aves, conejos, ovejas o cabras, y sobre todo criar el cerdo que
supondría, posteriormente, una despensa suficientemente abastecida. Con los
productos de la huerta y sobrantes de la alimentación familiar se lograba el
famoso “caldero cocido para el cerdo”. El cerdo engordaba y la esperanza en la
subsistencia de la familia se mantenía constante. Todos esperábamos “la matacía
del cerdo”. Era un segundo plato bien apetitoso.
Tierra, agua, animales
domésticos, formaban una cadena inseparable con el hombre.
Pero no todo era tan simple
y tan sencillo. La realidad solía ser más dura para mucha gente del pueblo.
El profesor Pina Piquer
recoge en su historia de Albalate (2001) un Informe que el sacerdote Bardavíu
Ponz recopila también en su historia (1914), cuyo autor era el también
sacerdote Francisco Ciércoles (1782).
En 1.782, Ciércoles
entre otras muchas cosas dice:
La agricultura de
Albalate daba los datos siguientes:
Regadío: 2.400
juntas. (*)
Monte: 16.000
juntas.
Trigo, en un buen
año: 12.00 cahíces. Uno normal daba 4.000 cahíces. (*)
Cebada: 4.000
cahíces si el agua de lluvia es abundante. Normalmente: 1500 cahíces.
Panizo: 2.000
cahíces anuales.
Aceite: de 6.000 a 7.000 arrobas al
año. (*)
Vino: de 600 a 800 nietros. (1 nietro
= 16 cántaros).
Ganado mular y cerril: de 700 a 800 cabezas.
Ganado lanar y de pelo: 12.000
cabezas de lana y 3.000 de pelo.
Las propiedades del Arzobispo estaban
constituidas por:
La Pardina
de Almochuel, El castillo palacio. El granero. La cárcel. Los hornos. Un batán.
Dos molinos harineros (con 3 muelas). Y un molino de aceite (con 7 prensas).
Es decir, que de una manera
u otra todos iban a parar al peaje del Arzobispo.
En 1.824, el Padrón General recoge, según nos muestra
Pina Piquer, cuarenta y dos años más tarde del Informe Ciércoles, los datos
siguientes:
En
Albalate había unos 1.124 vecinos (3.590 habitantes). Un 68 % de los vecinos
vivían de la agricultura. Y más del 40 % del total de Albalate no tenía acceso
a la propiedad de la tierra o en cantidades ínfimas insuficientes. Es decir que
casi la mitad de la población vivía en condiciones de pobreza.
El grupo
de eclesiásticos de la parroquia estaba constituido por 15 personas.
Pasaron 78 años, y los
datos sociológicos habían cambiado.
En 1902, los habitantes de Albalate
eran 4.220. De los cuales 2.107 eran varones. Y con derecho a
voto (mayores de 25 años) había un censo de 1.049 hombres, porque las mujeres
no podían votar. El voto de la mujer no fue reconocido hasta que llegaron los
tiempos de la II República.
Los
jornaleros albalatinos, es decir, los campesinos sin tierra o ínfimos
propietarios ascendían a 556. Suponía más de la mitad de los hombres con
derecho a voto, el 63´6 %.
De los Arzobispos a los Terratenientes.
Nicasio
Bernad Bernad – José Pascual Orna - y Juan Ribera Jordana, tenían más tierra, y
posiblemente la mejor, que 1.036 contribuyentes.
En 1.932, treinta años más tarde, y según datos recogidos por
Pina Piquer, los números habían seguido
cambiando.
Si en
1.902, los propietarios con porciones de tierra insuficientes ascendían hasta
63´6 %, en 1.932 habían alcanzado el porcentaje del 78´5 %. Entre pequeños
propietarios y jornaleros constituían un porcentaje que llegaba al 93´2 %. Es
decir, que los que poseían las tierras de cultivo en Albalate eran solo el 6´8
% de la población.
“Hacía falta una Reforma Agraria”. La II República llegó el
14 de Abril de 1.931. La República era esperada como “la utopía de los pobres”.
En enero de 1.932,
comienzan las roturaciones de tierras por parte de los más empobrecidos, y con
ello comienzan también las detenciones por parte de la Guardia Civil.
“Los
Tollos” en la Sierra de Arcos.
Todavía recuerda mi padre,
a sus 99 años de edad, que “en cierta ocasión unos cuantos hombres de Albalate,
fueron sorprendidos en la labor de roturación de tierras. Y aunque se solía
hacer en los lugares más insospechados y más inaccesibles, tarde o temprano
llegaba a oídos de la Autoridad.
Fueron apresados, y como no
quisieron o no pudieron pagar las multas correspondientes, fueron a parar con
sus huesos en la cárcel del pueblo, ubicada en el antiguo castillo de los
Arzobispos. No valieron ni súplicas, ni razonamientos. “Han trasgredido la Ley
y deben pagar de una manera o de otra”.
El revuelo en el pueblo fue
grande, pero a la cárcel que fueron.
Las mujeres de esos hombres
se solidarizaron con ellos, con sus maridos, como no podía ser de otra manera.
Hombres y mujeres, y éstas con sus niños y niñas, fueron también a la cárcel.
Mi madre y mi hermana (yo no había nacido todavía), durmieron en la cárcel, al
igual que las demás esposas, madres e hijos”.
Subida a
la cárcel del castillo. (Foto de 1.947).
Pero la autoridad no
siempre era tan celosa con el cumplimiento de la ley.
“En cierta ocasión (en los
primeros años treinta del s. XX), había un grupo de trabajadores en los pinares
de la Sierra de Arcos preparados para realizar un trabajo que se les había
ofrecido. Les llegó la siguiente orden: “como ya es cuarto menguante, podéis
comenzar a cortar pinos”.
Madera de pino que iría
destinada a la construcción de una paridera propiedad de una autoridad del
pueblo.
Los madereros pisaron
término de Andorra y fueron apresados por la Guardia Civil. En el interrogatorio
ante el Sargento de Andorra poco valió la declaración de que habían sido
“contratados” por una autoridad de Albalate.
La autoridad hizo “mutis
por el foro”, y los trabajadores fueron a parar con sus huesos en la cárcel.
Desde la ventana de la
cárcel del castillo y a través de las rejas, en el silencio de la noche, los
apresados cantaban unas veces, y otras veces increpaban con palabras gruesas a
las autoridades.
Había noches en las que “un
fuego cruzado de palabras” se producía desde la cárcel en el Cerro del Castillo
hasta el Barrio de Las Cantarerías y el Barrio de Muniesa en la falda del Cerro
del Calvario. Y entre ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba
dormida. Se escuchaban respuestas a favor de las autoridades, y muchas
respuestas defendiendo a los apresados.
Presagio simbólico quizás,
que nos recuerdan las palabras cruzadas que se producirían entre las trincheras
de los dos frentes durante la Guerra Civil. El Frente Republicano y el Frente
“Nacional”.
Durante el día había fuego
real. Por la noche se comunicaban a gritos unos y otros desde sus respectivas
trincheras.
Así lo recuerda mi padre
durante la toma de Belchite, en el frente de Pina-Gelsa-Matamala-Quinto de
Ebro, en el de Tardienta-Sierra de Alcubierre, en el de Apiés e Igríes-Huesca,
y en especial en el Frente de Gandesa durante la Batalla del Ebro.
“Y entre
ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba dormida”. (Foto de
Teodoro Félix Lasmarías).
Llegó Febrero de 1936, y
llegó el llamado “Frente Popular”. Se desbordaron los acontecimientos.
Comenzaron las Colectividades Agrarias, “expresión real de la utopía
esperanzada de los pobres”, y se produjo la sublevación militar contra la
República. La Guerra Civil fue larga y cruel.
Toda España cayó en una
Dictadura, la del General Franco, que duró hasta 1.978 en que se aprobó la
Actual Constitución Española, que hoy conmemoramos su 30 Aniversario. Franco
murió el 20 de Noviembre de 1.975.
Las aguas del río Martín
fueron aprovechadas todo lo que a nuestros antepasados les fue posible.
Se construyeron puentes: el
puente Colgante, el del Batán, el Salto de Agua de la Central Eléctrica, el
acueducto de La Canal, el puente de Piedra en el pueblo, y en nuestros tiempos,
el reciente puente de “El Olivar”, para el desvío de la carretera hacia
Andorra, y una hermosa pasarela peatonal hacia las escuelas y complejo
polideportivo.
“Recordando”.
(Laureano Molina López, de 99 años de edad). (16-7-1909--30-9-2010).
Se utilizaron al máximo las
aguas del río construyendo muros, contrafuertes, azudes, canalizaciones,
batanes, molinos de harina y de aceite, abrevaderos, centrales eléctricas,
matadero, lavaderos; se construyó la presa de Valdoria en las entrañas de la
Sierra de Arcos; y todo el sistema de riegos expuesto en el relato anterior
“Esfuerzos y recompensas”.
Se construyeron aljibes,
neveras bajo tierra (1.660), balsetes. Proliferaron las Torres extendidas a lo
largo de todo el valle. Se trajeron aguas potables hasta el pueblo desde La
Zarza primero (1.564), Valdoria después (1.913), y finalmente desde el pantano
de Cueva Foradada de Oliete (1.962).
Con las aguas potables se
puso en funcionamiento la fábrica de hielo “La Polar” (1.923). Y en los años
40-50, funcionaba, además, la fábrica de espumosos “La Samba” de los hermanos
Sanz; gaseosas y sifones, que daban a la población un aire de progreso.
Todo un ejemplo para
nosotros en nuestros días.
Laureano Molina Gómez
Zaragoza, 6 de Diciembre de
2008.
BIBLIOGRAFÍA:
DICCIONARIO
DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la RAE. Madrid
1.992. 21ª Edición.
HISTORIA
DE LA ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente
Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.
DE
ILUSIONES Y TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, de José Manuel Pina
Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Año 2.001.
(*) Junta
o yunta: espacio de tierra de labor que puede arar una yunta en un día.
Cincuenta fanegas o algo más de 32 hectáreas.
(*) Medida
de capacidad para áridos. Es decir, 38 áreas y 140 miliáreas aproximadamente.
Cahizada:
proporción de terreno que se puede sembrar con un cahíz de grano según
costumbre en Zaragoza.
(*)
Arroba: peso de 25 libras
de 16 onzas
cada una. (Libra=460 gramos en Castilla. Onza=dieciseisava parte del peso de la
libra).
VISTA DESDE EL RÍO Y PLAZA DE TOROS.
Composición
fotográfica de Teodoro Félix Lasmarías.
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